lunes 20 de febrero de 2012

Estoy reunida


Cristina Peri Rossi

Yo soy una mujer con suerte. Por ejemplo, en la última semana, me han comunicado por teléfono que he ganado un apartamento frente al mar en Palma de Mallorca, un televisor de plasma líquido de 23 pulgadas y una cubertería de plata para 68 personas. ¿Cómo me he ganado todo esto yo solita, sin enviar cupones, ni comprar rifas? Sólo por el hecho de tener un teléfono. Sí, señores y señoras, tengo un teléfono que misteriosamente conocen las inmobiliarias, las compañías de seguros, las agencias de viajes a Cancún y muchas empresas fantasmales, de esas que no aparecen más que para hacerme regalos. Todo por la mala costumbre de atender el aparato cuando suena, con la dulce esperanza de que seas vos, vos y nada más que vos, como dice el tango. Pero no sos vos, es la inmobiliaria que me regala un chalet en Cádiz.
El teléfono se ha convertido en un extraño medio de incomunicación. Por ejemplo, cuando soy yo la que intento hablar con mi editor o con el director del periódico, el teléfono sólo sabe decirme que mi editor o el director del periódico está reunido. Estar reunido debe de ser algo importantísimo, misterioso y secreto, algo que sólo concierne a los grandes jefes de las tribus, no a la gente de a pie, como yo. Porque yo, no consigo reunirme con nadie, salvo conmigo misma o con mis fantasmas, que son muchos, pero aparecen y desaparecen como se les da la gana. Para solucionar los problemas de incomunicación de los teléfonos normales, es decir, de los de cable, surgió el móvil. El móvil es como el oído de los sordos: se encaja en la oreja, y ya no se quita más, solo para dormir, y ni así, porque yo conozco gente que no apaga el móvil ni cuando hace el amor (las pocas y rápidas veces que lo hacen: a veinte minutos por eyaculación, según las estadísticas españolas) ni cuando duerme. Ya podemos ver hermosas películas norteamericanas donde el protagonista, que tiene un trabajo importantísimo en una multinacional, yace con una mujer espléndida en la lujosa habitación de un hotel de cinco estrellas, y en el momento en que va a darle un beso ardiente en la boca, suena el móvil, entonces besa el aparato, en lugar de la chica, y ésta espera pacientemente a que la esposa, el jefe que está por encima o alguno de sus clientes le proponga un negocio y entonces hacer el amor no dura ni siquiera veinte minutos, porque el tipo se pone de pie, se enfunda los pantalones y a cosas más urgentes y placenteras que hacer el amor, como ganar dinero, por ejemplo. Tengo un amigo psicoanalista que dice que vivimos en una época en la que sólo se libidiniza el dinero. Empezando por él, que tiene pacientes hasta cuando duerme, porque para ganar más dinero ha puesto una consulta telefónica: la paciente deprimida o el paciente maníaco lo pueden llamar al móvil, en horas nocturnas,

jueves 3 de noviembre de 2011

Tú eres diferente


En muchas películas y series de televisión hay una escena clave en la relación chico-chica, hombre-mujer. A poco de conocer a la protagonista, él le dice: “Tú eres diferente a las demás, por eso me gustas.” La chica, desconcertada (¿en qué consistirá su diferencia? ¿Es más guapa? ¿Es más inteligente?) sonríe, seducida por la diferencia. A lo largo de la película y hasta el final, no sabemos en qué consiste esa diferencia, aunque muchas veces la hace víctima de atrocidades: el “chico” la intenta violar, la engaña o la mata. La presunta diferencia la convirtió en víctima.
A la inversa, la frase casi nunca se pronuncia en el cine. La mujer que intenta seducir a un hombre no le dice: “Tú eres diferente a los demás” con alguna excepción: la “tonta” o “ingenua” Marilyn Monroe a Toni Curtis, en Con faldas y a lo loco. Pero se equivocaba: era un seductor y un mentiroso, aunque al final el amor lo redime.
Decirle a una mujer: “Tú eres diferente” se supone que es un elogio. Las demás son tontas, o feas, o lelas. Esa es la opinión que el galán tiene de las mujeres y utiliza la “diferencia” como halago. ¿Quiere decir que ella también piensa que las otras mujeres son tontas, feas o lelas? Ella no está dispuesta a aclarar el equívoco: reconoce en la frase del galán un presunto piropo, una alabanza. Además, la frase denota que él tiene mucha experiencia, lo cual lo coloca en una situación ya inicial de superioridad. Él, que ha estado con otras mujeres, tiene un saber del que ella carece: las “conoce”. A él no lo pueden engañar: todas son iguales, menos ella. La sonrisa halagada de ella o el silencio, la convierte en cómplice del prejuicio y en víctima propiciatoria. Los espectadores estamos en una situación ambigua: al ser una frase tan repetida cuyo desenlace suele ser el acoso de “la diferente”, y su futuro el de víctima, empezamos a desconfiar del chico. Reconocemos que es una forma perversa de seducción. Es lo que Freud llamó “el narcisismo de las pequeñas diferencias”.
Estoy muy contenta con el final de ETA. Pero se me ocurrió imaginar otra escena: tres encapuchados anunciando el cese de la violencia contra las mujeres. ¿Se lo pueden imag nar?ETA mató a más de ochocientas personas en cincuenta años.
No tengo las cifras exactas de la violencia machista en el mismo período, pero un promedio –por lo bajo- de sesenta por año, me da la cifra de tres mil. Con una diferencia: ETA mató a hombres y mujeres. El machismo exclusivamente a mujeres. Y a veces, a algunos niños.



viernes 14 de octubre de 2011

Si quieres acceder a la Galería Fotográfica del Homenaje a Cristina Peri Rossi clica en el link de abajo.

http://www.acec-web.org/quincenal/galeries/97/peri/index.html
Clicar para ver el Homenaje a Cristina Peri Rossi en you tube

http://www.youtube.com/watch?v=P36Smizphe8&feature=related

viernes 21 de enero de 2011

LAS DOS BARCELONAS


El día de su estreno, fui a ver Biutiful, la dramática, humana y dolorosa película de Alejandro González Iñárruti, cuya trama se desarrolla en la Barcelona pobre, en la Barcelona lumpen, en la Barcelona que no sale en las postales: la de los emigrantes, la de los chinos hacinados, la de los que malviven del trapicheo. Una Barcelona nocturna,
hacinada, fea. El polo opuesto de aquella trivial, superficial
Vicky, Cristina y Barcelona de Woody Allen. En Biutiful no salen ni una vez la Sagrada Familia, ni la maravillosa arquitectura de Gaudí, ni la Diagonal, ni el Palau de la Musica Catalana que unos burgueses avaros esquilmaron en beneficio propio. Sólo, a lo lejos, el humo de alguna chimenea de fábrica, los estrechos callejones del Raval y una playa, en la Villa Olímpica que lanza a la escasa arena los cadáveres de los muertos indocumentados. Y sin embargo, me pareció una película profundamente humana, tierna en su dolor, noble en sus sentimientos y dramática en la soledad, en la derrota de seres abocados a unas condiciones de vida duras y difíciles. No es una película para hedonistas, para quienes creen en el Carpe Diem, para aquellos que egoístamente cierran los ojos ante el dolor ajeno con la excusa de que no podemos hacer nada para aliviarlo. Como el cine estaba lleno, me hice la ilusión de que hay mucha gente dispuesta a ver la otra cara de Barcelona (a los efectos del drama da lo mismo que fuera cualquier otra ciudad) y a sentir empatía por los no guapos, los no fashion, los perdedores. La mejor literatura y el mejor cine se han hecho sobre perdedores y perdedoras porque siempre tienen una historia que contar, una historia de sentimientos, de emociones, de falta de omnipotencia. Un Javier Bardem más sensible y matizado que nunca comunica con interioridad, con hondura la pena, la compasión, el miedo y la culpa. Cine de sentimientos, señores y señoras, no de efectos especiales. Cine de la otra cara de la Barcelona Olímpica, de la Barcelona del Forum y de metrópolis de los negocios o de las tiendas. Nada que ver con la visión superficial y turística de Woody Allen (no lo castiguemos: necesitaba dinero para financiar la otra película, la que verdaderamente quería hacer, en Londres). Biutiful es lo opuesto al cine como entretenimiento, como diversión, como evasión: es una experiencia conmovedora, una inmersión en los sentimientos buenos y malos, mezclados, en la condición humana, que es el tema de todas las grandes obras nuestras, criaturas perecederas, sometidas a la Historia, víctimas de poderes que no controlamos y que nos amenazan, nos empujan.
Porque Barcelona, como cualquier otro lugar de este mundo, está lleno de gente que sufre, que pelea por el pan de cada día, que ama a sus hijos y que en cualquier momento, enferma. De seres nada planos, que no son ni buenos ni malos, capaces de lo mejor y también de lo peor. Como los obreros de Nissan, que han conseguido asegurar su puesto de trabajo…a costa de no mejorar sus sueldos, chantaje que la empresa multimillonaria les ha impuesto a costa de la crisis. Frank Torres consiguió salvar a sus obreros del paro y que produzcan un seis por ciento más: un acuerdo para ir tirando. Lo que no sabemos es si cuando la nueva camioneta pick up esté fabricada y se venda como churros, la Nissan recompensará el sacrificio de sus obreros. Mejor dicho. Lo sabemos: no. En este sistema, lo único que se socializan son las pérdidas.

sábado 4 de diciembre de 2010

ENTREVISTA A CRISTINA PERI ROSSI por Tony Montesinos

martes 5 de octubre de 2010
Entrevista capotiana a Cristina Peri Rossi, por Toni Montesinos




En 1972, el escritor estadounidense Truman Capote (1924-1984) publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló "Autorretrato" (versión en español dentro de su libro Los perros ladran, Anagrama 1999), y en él el autor de A sangre fría se entrevistaba a sí mismo con especial astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente "entrevista capotiana", con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de la poeta, narradora y traductora uruguaya Cristina Peri Rossi.

_Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamas de él, ¿cuál eligiría?
_Viviría en el Paraíso, si existiera, siempre y cuando no tuviera que morirme previamente. Y los Paraísos existen a condición de que no se les encuentre. Pero a veces, haciendo el amor de manera tántrica (no follando, son cosas diferentes) he creído estar en el paraíso, “segunda calle a la izquierda”. Dura poco. Los Paraísos son efímeros. Hay otra manera, también, se sentirme en El Paraíso: el síndrome de Stendhal. Lo puedo sentir mirando un atardecer, un rostro hermoso, un cuadro, escuchando a Lara Fabian cantando Je suis malade o a Pavarotti cantando Mama Lucia. O caminando con la persona a la que amo. El síndrome también es efímero, pero crea adicción. Para mí, el Paraíso es la belleza y la emoción.
_¿Prefiere los animales a la gente?
_Me gustan algunos animales y también algunas personas. Entre los primeros, prefiero a una especie de monos llamados bonobos, dichosos y pacíficos. Nunca cometen un solo acto de violencia, y los etólogos han descubierto que se debe a que se dedican a dos actividades exclusivamente: comer y acariciarse. Se tocan todo el tiempo, y eso les quita agresividad. No existe la interdicción del incesto y fornican entre todos, sin distinción de sexo, edad y parentesco.
_¿Es usted cruel?
_Eso deberían contestarlo los demás. En todo caso, detesto la crueldad.

_¿Tiene muchos amigos?
_Nunca son suficientes, para la necesidad de cariño que tenemos los seres humanos.
_¿Qué cualidades busca en sus amigos?
_La bondad y la generosidad.
_¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Siempre, en alguna medida, decepcionamos a los demás, y los demás nos decepcionan; sabiendo que la decepción es mutua, resulta menos dolorosa. Pero sé que tengo algunas amigas incondicionales, que pueden comprenderme o aceptarme sin comprenderme.
_¿Es usted una persona sincera?
Mucho, pero la sinceridad absoluta y completa, en todo momento, haría imposible las relaciones humanas. Sólo al antiguo confesor –modernamente, el psicoanalista- se le puede decir toda la verdad y nada más que la verdad. Somos ambiguos y contradictorios, de modo que la verdad es transitoria. Pero yo necesito una testigo, siempre. Me gusta la confidencialidad, la complicidad.
_¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
No distingo claramente entre mi tiempo libre y el ocupado. Quiero decir que cuando paseo, estoy en el cine o en una cafetería, posiblemente estoy trabajando muy seriamente, y cuando estoy escribiendo también. Si la pregunta se refiere a mis aficiones, tengo muchas: casi todos los juegos, salvo el póquer, los paseos, la naturaleza, la conversación con los demás, la biología, la música, el cine, la filatelia, las matemáticas y los museos.
_¿Qué le da más miedo?
_El miedo.
_¿Qué le escandaliza?, si es que hay algo que le escandalice.
_Terencio (plagiado, luego, por Goethe): “Nada de lo humano me es ajeno”, de modo que no me escandalizo.
_Si no hubiera decidido ser escritora, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
_Se puede ser creativo caminando por un parque, dedicándose a la botánica, al solfeo o a colocar ladrillos. La creatividad es una aptitud, de modo que la hubiera empleado en cualquier cosa.
_¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
_Me encanta caminar, ya sea por las ciudades, por la playa o por un bosque.
_¿Sabe cocinar?
_Muy poco, pero lo hago, y cuando puedo, lo evito. Pero he cocinado muchas veces
como acto de amor.
_Si el Reader's Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre "un personaje inolvidable", ¿a quién elegiría?
_A Julio Cortázar. No me lo encargó el Reader’s Digest, pero ya lo hice, para la editorial Omega.
_¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
_Amor.
¿Y la más peligrosa?
-Narcisismo.
_¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sólo de amor, y era una metáfora.
_¿Cuáles son sus tendencias políticas?
La justicia, la libertad, la solidaridad, la igualdad y el feminismo.
_Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
_Directora de cine.
_¿Cuáles son sus vicios principales?
He dejado de fumar –con un doloroso sacrificio- y los demás son inconfesables.
_¿Y sus virtudes?
_La empatía. Me pongo fácilmente en el lugar de los demás.
_Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
_Una vez, cuando tenía diez años, estuve a punto de ahogarme, y sentí que morirse podía ser fácil, rápido y poco doloroso. Otra vez, a los cincuenta, también estuve a punto de morirme, y en ese momento de extrema debilidad, lancé una carcajada: evoqué toda mi vida en un instante y me dieron unas ganas locas de reírme, todo carecía de importancia. Tengo la esperanza de que esa se repita: al morir, lanzar una carcajada final. La cercanía de la muerte relativiza todo. Sólo las hormonas –o sea, la juventud- exageran, hacen de la vida una anfractuosidad.


T. M.

viernes 26 de noviembre de 2010

TRADUCIR, AMAR

TRADUCIR, AMAR



La relación entre un escritor o escritora y el lector o lectora es una relación de seducción. El intermediario de esa seducción es el texto. Yo, como escritora, sé que
para atrapar al lector, para invitarlo a empezar o a seguir leyéndome, tengo que sedu
cirlo de alguna manera, de lo contrario, ejercerá una autoridad enorme sobre mí: cerrará el libro, no volverá a abrirlo. Un libro no leído no existe, es como si no hubiera sido escrito nunca. ¿Cómo seducir entonces a ese lector o lectora abstractos, cuyo rostro no conozco, cuyos gustos ignoro, del cuál no sé ni su profesión, ni su estado civil, ni siquiera su edad o su opción sexual? Primero, debo imaginarlo. Yo imagino un lector o una lectora inteligentes, cultos, curiosos, con un gran afán de conocimiento, que leen no para entretenerse sino para intentar comprender un poco más; un lector o una lectora valientes, capaces de aceptar las contradicciones, los ángulos oscuros, y siempre, siempre, sensibles a la lengua en la que escribo, dispuestos a disfrutar con la manera de decir las cosas tanto o más que con las cosas que digo. Les aseguro, de entrada, un placer: el placer de la lengua. El otro placer que supongo les puedo dar es el de descubrir o redescubrir algún aspecto de la condición humana cuyo conocimiento –aunque doloroso- le proporcionará el goce de saber. “!Qué lindo, duele!”, exclamó una niñita de tres años la primera vez que se quemó la yema de un dedo con el fuego. En esa frase está toda la ambigüedad del conocimiento: aunque el saber sea doloroso, puede proporcionar un poco de placer. La primera exclamación de la niña, ¡qué lindo!, es la expresión de su placer; la segunda, la comprobación de un dolor. Ambas cosas pueden mezclarse y en efecto se combinan no sólo en el sadomasoquismo inherente a la condición humana, sino en muchas actividades.
Yo intento seducir a ese lector o lectora imaginarios desde el título del libro. Soy muy
cuidadosa con los títulos, procuro que siempre sean sugestivos. Quizás porque recuerdo que cuando era una adolescente (por tanto, una ignorante) me adentraba en el vasto mundo de las bibliotecas públicas con el único instrumento de los títulos de los libros. Desconocía a la mayoría de los autores que habían escrito millones de libros desde el comienzo de la Historia, y como no existía Internet, tenía que guiarme por los títulos. No sabía quién era Carson McCullers, por ejemplo, pero cuando descubrí en un catálogo que había escrito una novela que se llamaba “La balada del café triste”, lo compré enseguida. Un libro con ese título tan sugestivo tenía que fascinar a una lectora romántica como yo. El título estaba compuesto por palabras llenas de poesía para mí. “Balada” es una bella palabra llena de música y asociada al amor, al canto.
En cuanto a las cafeterías eran, y siguen siendo para mí, santuarios del deseo y de la seducción. Y las cafeterías tristes son un símbolo romántico: lugares de encuentros y desencuentros, de soledades, música y pasiones ocultas.
Por eso, cuando bautizo uno de mis libros intento que pueda sugerir, más que decir. “El museo de los esfuerzos inútiles” titulé una de mis colecciones de relatos. Me imaginé que el libro podía ser leído por gente con imaginación, con fantasía, dispuestos a saltarse los límites de la realidad. Así fue.
Si bien es cierto que cuando el escritor publica un libro desde ese momento el libro deja de pertenecerle y cada lector o lectora leerá su libro, no el que escribió el autor,
también es cierto que los escritores soñamos con el lector o la lectora que lea el que realmente escribimos. Y ese lector o lectora suele ser el traductor o la traductora.
Los traductores vocaciones, los que traducen por amor al libro y no por dinero, son verdaderos enamorados. El amor no es ciego (afirmación que hizo Sócrates de manera
radical: el enamorado es quien conoce mejor el objeto de su amor porque le presta una atención tan exclusiva, tan delicada que llega conocerlo mejor de lo que se conoce a sí mismo) y el traductor penetra (soy consciente de la acepción sexual del término) el texto como quien conquista un territorio, lo exprime, lo explota, lo desmenuza para poseerlo. También es verdad que se enfrentará a un escollo inevitable: aunque haya
leído el libro que el autor escribió, se enfrentará a una frustración: no hay traducción, sólo hay versión. Una palabra en una lengua nunca sonará igual en otra, con lo cual se pierde una parte invalorable del texto, que es su sonoridad. Una lengua es música.
Y las lenguas tienen diferentes musicalidades. Entre lenguas vecinas, del mismo tronco, como las latinas, es posible perder menos en la traducción, aunque siempre el traductor lamentará no haber podido salvar la musicalidad completa. Es verdad que decir amor es muy parecido a decir “amour”, pero la sonoridad es diferente, más clara en castellano, más oscura en francés. Aún así, reconociendo ese escollo insalvable, esa frustración, reconozco que como no sé griego antiguo, me felicito de que exista una buena traducción de la Ilíada, de Homero, donde pueda leer la metáfora con que la madre de Héctor le suplica que no combata con Aquiles, porque perecerá. En lugar de decirle “hijo mío”, le dice: “querido pimpollo a quien parí”. No sé cómo sonará en griego antiguo, pero me basta con la emoción de la metáfora. Veo el pimpollo, no al hijo.
Nadie conoce mejor un texto que quien lo traduce, porque para hacer una buena traducción hay que descubrir la elección que hizo el autor de cada palabra. Yo recuerdo una experiencia muy divertida con Anna Jonas, mi traductora al alemán, hace más de veinte años. Ella es poeta, también, y una experta traductora; lee y habla el castellano perfectamente.
Nos conocimos en Berlín, cuando yo disfrutaba de la invitación del DAAD. Yo había titulado un poema “Aquí todavía todo está flotando”, y a las tres de la mañana de mi primera noche en Berlín (Konstanzerstrasse) me despertó para preguntarme de dónde demonios me había sacado yo ese título. La verdad es que se lo había pedido prestado a Max Ernst, uno de mis pintores favoritos, a quien le había tomado en préstamo también el título del libro: Europa después de la lluvia, uno de los cuadros que más me han estremecido en esta vida. “Aquí todavía todo está flotando” era un pequeño dibujo del mismo autor, cuyo título usé en castellano, por no haber encontrado la referencia original. A las tres de la mañana de una invernal noche oscura en Berlín Occiddental, le respondí a Anna Jonas que el título era el de un dibujo poco conocido de Max Ernst. Mostró su escepticismo. Ella conocía muy bien la obra de ese pintor y no tenía ninguna referencia a ese dibujo, yo debía haberme equivocado. La presunción me ofendió, porque si bien soy humana y me equivoco muchísimas veces, recordaba perfectamente el dibujo que durante mucho tiempo colgó de la pared de mi escritorio. “¿Dónde está el dibujo? Enséñamelo”, me conminó Anna Jonas. Le dije que el dibujo colgaba de la pared de mi despacho en Barcelona, no se me había ocurrido viajar con él a Berlín. Colgó el teléfono diciéndome que iba a consultar (no a las tres de la mañana, supuse) a una especialista en la obra de Max Ernst.
Me fui a dormir confiando en la especialista en Max Ernst y por la mañana me dediqué a caminar por la Kudamm, que me fascinó, a entrar a las cafeterías berlinesas que me parecieron las más íntimas y acogedoras de este mundo, completamente olvidada del poema, de la traductora y de Max Ernst. Al mediodía, me llamó Anna Jonas. Ahora estaba mucho más amable. Había confirmado que el dibujo existía, ahora bien, ¿el barco al que yo me refería en el poema, flotaba en el agua o flotaba en el espacio?, porque en alemán, había dos verbos distintos según dónde se flotara. Esa revelación me sumió en el asombro. De modo que el alemán era una lengua tan refinada que podía distinguir entre flotar en el agua o flotar en el aire, como flotan los globos. Para mí, las revelaciones del lenguaje son tan importantes como para los primeros cristianos fueron la de los apósteles (los escritores somos los apóstoles de las lenguas). La cuestión era que, precisamente, en mi poema, yo quería mantener la ambigüedad, que no se supiera bien dónde flotaba la nave, si en en agua o en el aire, como ocurría en el dibujo de Max Ernst. Anna Jonas me comprendió, tradujo el poema lo mejor que pudo y supo y a partir de ese momento se estableció entre nosotras tal complicidad, tal armonía que recuerdo una vez, en un festival literario en Berlín, varias televisiones de diferentes países me estaban entrevistando, y yo, luego de dar una conferencia, me encontraba bastante cansada. Además, me hacían preguntas muy importantes que no tenían nada que ver con la literatura, sino
con la situación política de mi país de origen, Uruguay, que atravesaba el peor momento de su historia, con una horrible dictadura. Anna Jonas traducía mis respuestas en castellano para las televisiones de Suecia, Holanda, Alemania y otros países. En determinado momento, observando que yo estaba realmente agotada, me dijo en perfecto castellano: “si quieres respondo yo como si fueras tú” y efectivamente,
le agradecí que contestara como si realmente hubiera vivido alguna vez en Montevideo, como si conociera la dictadura. ¿Puedo decir que no las conocía? Cada vez que nos encontrábamos -y nos encontrábamos todos los días para dar largos paseos o pasar la tarde en esas hermosas cafeterías que yo adoraba- se había establecido entre nosotras una gran complicidad, ella quería saberlo todo de mí, no sólo aquello que había escrito y yo hablaba como si se tratara de mi doble, mi espejo. Como hacen muchas veces los traductores, al poco tiempo Anna Jonas se fue a conocer Montevideo, las cafeterías de las que yo le había hablado, las avenidas y las librerías que yo evocaba con nostalgia en época de exilio. Y podía responder por mí cualquier pregunta sobre el país.
La relación entre el traductor o la traductora y el escritor o la escritora es una relación amorosa, de seducción. Del mismo modo que es inevitable que surja un vínculo
erótico entre la modelo y el pintor (entre el modelo y el pintor) la relación que se establece entre traducido y traductor desborda la tarea profesional y se adentra en lo subjetivo, en lo amoroso, en el espejo. El traductor suele absorber el mundo imaginario de su traducido y muchas veces éste se siente invadido, aunque para mí, la emoción de sentirme invadida es estimulante, me gusta mucho compartir y no tengo miedo a perder lo que deseo dar.
Nadie puede halagar más el narcisismo de un escritor que su traductor o traductora que respeta enormemente la obra a la vez que la disecciona, la desmenuza para descubrir porqué empleó esa palabra y no otra. Hay un momento de fusión entre ambas personalidades que tiene muchas de las características del enamoramiento apasionado.
Pero el traductor no es ni debe ser sumiso. El escritor, tampoco.
En un breve diario que llevé durante tiempo, escribí lo siguiente: “Entre las peleas de enamorados, que revitalizan siempre a Eros, las que prefiero son las peleas por palabras que surgen entre quien me traduce y yo. Discutir con A. o con B. acerca de
si la palabra advenediza suena mejor en castellano que en francés o intentar explicar porqué prefiero vulva a sexo me enardece, me hace gozar y es una forma de conocernos mejor… y de amarnos más.”
Sin embargo, hay un momento peligroso en la relación íntima entre el escritor o la escritora y su traductor o traductora. Es cuando el traductor o la traductora se sienten los autores del texto, los creadores. Como traducir es poseer, dominar, a veces puede ocurrir que el traductor o la traductora crean ser los dueños de la obra. Es un pecado de vanidad que hay que cortar de raíz. Ni yo, la autora, soy la autora del texto
(en la medida en que tengo infinitas deudas con la realidad, con los demás escritores del pasado o del presente) ni el traductor o la traductora son los dueños del texto al haberlo traducido. Es verdad que mi libro Solitario de amor no existía en alemán hasta que alguien lo tradujo, pero ni yo, la autora, soy completamente responsable del libro, ni lo es mi traductora. Quizás la versión alemana sea nuestra hija en común, pero en todo caso, se trata de una complicidad, no de una autoría.
Debo decir que esa complicidad que se establece entre yo como autora y quien me traduce es de los sentimientos más agradables y placenteros que he experimentado en la vida. Y me entrego a él sin límites, sin guardar nada para mí. En realidad, yo también redescubro el texto en la medida en que alguien lo traduce; descubro aquello que mientras escribía venía del inconsciente y que al traducirlo, aparece en el ámbito de la conciencia. Es la única oportunidad que me doy de recordar aquello que escribí, poque estoy convencida de que para seguir escribiendo, hay que olvidar lo escrito. (En un programa de radio, hace un par de años, la locutora, en medio de la entrevista, leyó un poema y me invitó a descubrir quién lo había escrito. Del otro lado de la cabina, le hice gestos desesperados de ignorancia: yo no sabía de quién era el poema, aunque me parecía muy bueno. Ella, sin dejar de leer, me señaló firmemente con el dedo índice: yo era la autora. Me reí silenciosamente. Es verdad que había publicado ese poema hacía más de veinte años, pero formaba parte de mi desmemoria voluntaria de lo escrito, estrategia para seguir escribiendo.)
Y por fin, como toda relación amorosa, está el tercero incluido: el traductor suele traducir también pensando en alguien a quien ama, a quien le gustaría dedicar su traducción. En mi libro Playstation narré, en forma de poema, la experiencia más hermosa que tuve con un traductor. Fue un traductor espontáneo, un joven y guapo ingeniero forestal que trabajaba repoblando de encinas un bosque quemado en Catalunya. Por azar leyó mi novela Solitario de amor y se enamoró del libro. Como estaba también enamorado de una mujer, en París, que hasta ese momento había sido indiferente, y creyó encontrar en las páginas de mi libro los sentimientos y las emociones que él experimentaba hacia ella, comenzó a traducirle mi libro al francés por las noches, cuando la visitaba. La mujer se hizo cada vez más sensible al amor de mi traductor y un día comenzó a grabar el texto en francés. Él me lo envió, confesándome que no era un traductor profesional, sino un hombre enamorado, y a mí me gustó tanto su versión de mi novela que logré que la editorial francesa la publicara.
No pude menos que evocar el pasaje de La Divina Comedia, de Dante, cuando Francesca, condenada por sus amores adúlteros con Paolo a peregrinar siempre por el círculo de los lujuriosos, le narra al poeta cómo se enamoraron. Cuenta Francesca que una tarde Paolo –su cuñado- le leía en voz baja los amores del caballero Lancelote por la reina Ginebra (amores adúlteros), y cuando llegó al pasaje en que besa los labios de la reina, “éste, que nunca se separa de mí, besó los míos. // Esa tarde, no leímos más”, concluye delicadamente Francesca.
La cadena era inevitable: Paolo seduce a Francesca a través del texto de los amores de Lancelote y la reina Ginebra, del mismo modo que mi traducotr enamoró a su amada leyéndole mi novela Solitario de amor. Yo pude disfrutar de esta relación especular más que mi traductor, que no conocía el texto de Dante ni la leyenda de Lancelote del lago.
Quizás el amor no es en definitiva tan solitario, mientras existan textos para traducir:
son espejos. Y si a veces nos traicionan (1) también es verdad que nos revelan.

1) Octavio Paz, poeta y traductor, fue quien estableció el paralelismo: traducir-traicionar. Llamaba a sus traducciones “versiones”, porque concedía al traductor la facultad de modificar los textos. En verdad, hay traducciones que mejoran los originales y otras, lamentablemente, los empeoran.